viernes, 25 de noviembre de 2011

Condiciones


Ahora que todo ha pasado, le asalta la duda de siempre. 

―Pero, ¿de verdad me quieres, papá?

―Claro, eres mi tesoro…

La niña se limpia las lágrimas con la manga y comienza a peinarse torpemente.  Él la ayuda con los lazos y busca su mirada en el espejo.  Sonríe; le acerca la boca al oído.

―Siempre que no se lo cuentes a nadie, ya lo sabes susurra.

Ella suspira y se echa agua fría en los ojos.  Para cuando mamá llegue ni se notará que ha llorado.

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Este micro lo envié al concurso del blog: No me vengas con historias, cuyo tema eran las mentiras... aunque se perdió "en la nube" y no llegó a participar. 

viernes, 18 de noviembre de 2011

Verdad o consecuencia (ReC)

"Muerto, pero mío."  Susurra con dulzura y me sobresalto como si hubiera gritado. Ella sonríe, me acerca dos dedos a la cara y traza un sendero desde la frente hasta los labios.  Me besa, aprieta un poco más el pañuelo alrededor del cuello y trago saliva. 
 
Por fin, se saca la camiseta con agilidad de contorsionista y vuelvo a tener un atisbo de reconocimiento.  Yo he tocado esa piel antes, pero no recuerdo quién es; ni por mi vida. Al reajustar las correas de mis muñecas me acerca los pechos desnudos al rostro, pero yo ya no estoy para juegos.


jueves, 10 de noviembre de 2011

Maquetas (ReC)


Maquetas
Y nada más existió hasta el próximo tren.  El reloj se detuvo a las seis y trece, el niño que saltaba desde el banco quedó suspendido a un palmo escaso del suelo y su madre, enfadada, mantuvo esa mueca de muñequita linda. 

Me gustaba verlos así, impotentes durante un rato.  Su piel seguía cálida y yo pasaba el dedo por sus rostros para notar aquella vida inmóvil.  Cuando pulsaba de nuevo el botón y mi locomotora asomaba por el túnel circular, el mozo de estación refunfuñaba al retirar del arcén los restos pegajosos de mi merienda.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Más ReC


La señal
No pudo evitar mirar de reojo la puerta del apartamento.  En una esquina había una marca rosada en forma de cometa, de diseño idéntico al tatuado en el rostro de las víctimas.
El comandante no le permitía vigilar a su vecina en horas de servicio, pero apenas dejó de pensar en todas ellas, tan apacibles, tan similares.  Las habían encontrado en sus camas, deslumbrantes, con el cabello colocado como una estela astral sobre la almohada y las cabezas separadas de los cuerpos desnudos.
Cuando acabó su turno subió la escalera a saltos, temblando. “¡Eva!” llamó. La empuñadura del cuchillo le parecía más fría esa noche.




Premeditación
No pudo evitar mirar de reojo la puerta del apartamento mientras se quitaba la camisa blanca y el sujetador frente a la casa de Don Alfredo.  Se colocaba el top plateado sin prisa, disfrutando del tejido.  Los pezones se apreciaban como si fuera desnuda, así que ella subía los brazos y se arreglaba la coleta durante dos largos minutos.   Si tenía suerte, puede que él le fuera con el cuento a mamá.  Y ella, quién sabe, quizá la mirara dos veces por haber escandalizado al bueno del párroco.
Al otro lado de la mirilla Don Alfredo dejaba caer el pantalón hasta los tobillos.

viernes, 21 de octubre de 2011

Rutinas nocturnas (Para Rosana Alonso)


Rutinas nocturnas

Me asomo al dormitorio para ver si se han acostado ya.  Las oigo hablar y me quedo un poquito así, mirándolas.  La pequeña aún está sentada sobre la cama sin deshacer y parlotea gesticulando como loca.  Su hermana la escucha sin decir nada.  Bosteza, parece aburrida.

Siento un picor en la mitad del pecho al pensar que están creciendo muy deprisa y que siguen siendo tan bonitas como el primer día.  De pronto, se echan a reír sin motivo y miro el reloj.

―Quiero que apaguéis la luz ahora mismo.

Las dos se sobresaltan y miran en mi dirección con la cara muy pálida y sus ojitos de cristal azul de par en par.  Desenchufo la casita y quedan a oscuras.  Las oigo susurrar un poco más.  Me dan un poco de pena, pero saben que deben estar dormidas sin falta antes de que mamá venga a apagarme la luz a mí.

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Para mi querida Rose (Rosana Alonso) que ofrendaría su reino por explorar otros mundos diminutos, y que siempre lo consigue, así sin más.  Feliz cumpleaños :-)

miércoles, 19 de octubre de 2011

Las otras vidas



Solíamos regalarnos niños muertos para medir nuestra buena suerte. A nosotros no iba a ocurrirnos.  Lucía buscaba noticias en periódicos olvidados y me escondía los recortes entre las sábanas para que los encontrara al despertar. 

Yo fotografiaba lápidas que mostraban algún ángel minúsculo en la cabecera.  Ponía especial cuidado en enfocar las fechas que indicaban la edad del pequeño y dejaba que el resto quedara envuelto en un fundido suave. 

A veces, no muchas, coincidíamos al elegir.  Nos deteníamos a la vez en la misma historia y, fruto de la casualidad, como tantas parejas, nos convertíamos en padres, por fin.  Dedicábamos un tiempo a recrearnos en la que hubiera sido su vida.  Comprábamos biberones, sacábamos la cuna antigua del desván, nos sobresaltábamos con los lloros nocturnos.  Celebrábamos, como todos, la primera sonrisa o el primer diente.  Y en esos momentos extraños de lucidez fingíamos que nuestro pequeño dormía la siesta, para no acercarnos a comprobar si respiraba.

La noticia llegó una tarde, mientras preparaba la merienda de Rubén, uno de los que aún no había cumplido en nuestra casa lo que le quedaba de vida.  Lucía llegó muy seria con un bastoncito de plástico en la mano.  Me mostró las dos líneas del positivo mientras vaciaba el tarro de frutas en la fregadera.  La miré a los ojos.

―Tú lo quieres tener―. La acusé, sobrecogido.

Yo no pensaba arriesgarme a necesitar inventarle una vida después de perderlo.


(Para Fernando Vicente -otra vez- que me regaló el principio)

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Empapados (ReC)


Imagen tomada de Flickr

Empapados
Tú y yo podremos pasear juntos bajo ese cielo estrellado.  Podremos, por ejemplo, llegar de nuevo hasta el pozo, asomarnos al fondo y gritar sin sonido.
El río se llenará de niños, como siempre, y creo que nos sentaremos en la orilla a contemplar las ondas cuando se marchen.  Pero no, amor, ellos no podrán vernos más y mi ropa seguirá empapada, como tu pelo.

Otra de fantasmas para Relatos en Cadena, sin éxito, claro :-)

sábado, 17 de septiembre de 2011

Día de sorpresas

Como a veces no os cuento nada en semanas, hoy ración doble.

1/ La revista Al otro lado del espejo ha publicado hoy mi microrrelato "Muerto" 

Muerto
Me acerco a la esquina sin despegar la espalda de los ladrillos. El sol ha calentado tanto la pared que siento mis antebrazos en carne viva, pero no puedo arriesgarme a delatar mi posición. Calculo rápidamente que el enemigo está a punto de colocarse en el ángulo perfecto. Levanto mi pistola de agua y apunto con cuidado.

Mi hermano aparece enseguida y se sobresalta un poco cuando grito “¡Muerto!”. La detonación se oye muy clara, en mi interior y afuera, por todas partes. Me sacude con fuerza hasta el hombro. Él se gira, me mira un momento y se desvanece.

Mamá sale corriendo al jardín, mientras el rojo de la camiseta de Jaime se intensifica en el centro del pecho. Lo zarandea muchas veces pero él no se mueve nada. Mamá grita mi nombre y me asusta. Dejo caer la pistola. Le he acertado de pleno.

http://alotroladodelespejorevista.blogspot.com/2011/09/muerto-rocio-romero.html


Estoy tan emocionada que llevo un rato pensando cómo explicároslo, pero lo voy a dejar así para no caer en cursilerías ¿vale?  Por cierto, tengo que agradecer el resultado final a Rosana Alonso y a Fernando Vicente (chicos, como veis adopté vuestras sugerencias)

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2/ Mi regalo
Casi al mismo tiempo, mi amigo Fernando (otra vez) me ha dedicado un micro a través de Facebook sobre "el tema" y que, curiosamente, podría ser una visión posterior de la misma historia.  La única pega es que me gustaría haberlo escrito yo... Gracias de nuevo :-)
Aún no hemos tenido fuerzas para llevar a Cáritas la ropa de Dani. Cada vez que entro a su habitación, siento una punzada de dolor cuando veo la manga de uno de sus abrigos diminutos asomando fuera del armario y cierro de un golpe la puerta del mueble. Si al hacerlo queda atrapada la manga, no puedo evitar acordarme del accidente.
Fernando Vicente Galve
(Si descubro el título os lo haré saber ;-) )

jueves, 8 de septiembre de 2011

De hermanos menores y niños muertos


El tontorrón de mi hermano Andrés golpea el borde del plato con su tenedor de plástico.  Intercala el repiqueteo sordo con chillidos de emoción y yo sigo haciendo muecas.  Mamá le acerca otra cucharada de puré mientras él se ríe de mis payasadas como loco.  Algo asombrada, ella se inclina en silencio y lo besa.  Lamento de nuevo las sombras oscuras bajo sus ojos.  

El niño grita “tato” y me separo de un salto.  Golpeo la jirafa naranja que está sobre la encimera y se cae, exactamente igual que antes, nunca la vi a tiempo.  Los tres nos quedamos muy quietos.  Hasta mi hermano parece sorprendido.  Mamá se gira hacia mí y recoge el peluche con cuidado.  Se lo lleva a la nariz, lo mantiene allí un instante y comienza a respirar a través del tejido con los ojos cerrados.  No quiero que llore, así que le saco la lengua a Andrés para que vuelva a reír con su cara de luna.  Mamá sigue sin verme.  

Para mi querida Rosa de Van al aire porque entiende como pocas madres a las madres de mis niños.  Muchos besos

miércoles, 31 de agosto de 2011

Tormenta


Fuente

Se intuye que una tormenta es la buena, la de verdad, cuando los cimientos de la casa gimen dentro de tu estómago, cada vez más prieto.  De todos modos, alguien tiene que retirar el toldo del cenador a pesar del temporal.  La escalera se tambalea y en cuanto toco la primera viga metálica salgo disparada.  Caigo de espaldas, con fuerza, pero no siento dolor.   Apenas noto el vuelco fugaz del pánico y la ceguera que deja el fogonazo, blanca y hueca.  

Me levanto con facilidad y compruebo que lo peor ha pasado.  Ya no llueve, el suelo está seco.  Puede que haya estado inconsciente un rato.  Entro en casa y llamo a los niños, pero no se oye nada.  Nada en absoluto. 

Si me concentro, aún puedo oírlos.  O me vuelvo deprisa y percibo sus sombras en el hueco de la escalera.  También los veo alguna noche, pocas, cuando duermen profundamente.  Siempre me sonríen aunque apenas me acerco.  Si cedo al impulso, si rozo sus mejillas con los labios, despiertan gritando y vuelvo a perderlos.

Aquí no hay nadie más, ya ni llueve ni anochece.  A veces, con una punzada similar a la culpa, deseo que todo estalle de nuevo y que a alguno de mis pequeños, sólo a uno, me lo devuelva otro rayo. 


Ya estamos aquí :-)

miércoles, 3 de agosto de 2011

Para qué las piedras



No me gustan los cruceros.  Antes nada era igual.  Recuerdo que papá me llevaba a hombros al parque.  Montaba en el columpio que subía más alto y él me empujaba con fuerza.  El aire se me echaba encima y reíamos a carcajadas.  Mamá nunca podía venir con nosotros porque él quería verla en casa a su vuelta.  Ella no se reía, y ya no están juntos.  Mi padre ahora sólo me tiene a mí, a veces, cuando tengo vacaciones.

El balanceo me revuelve el estómago.  Me duermo, me despierto, me duermo un poco más.  Papá mira muy serio a través del ojo de buey hacia la noche redonda.  Ha llenado mi mochila con algo que pesa bastante.  Parecen piedras.  Me la coloca a la espalda, y me ata el cierre de la cintura, con cuidado, sin pellizcarme ni nada.

Llego en sus brazos a la cubierta inferior.  Me sienta en la barandilla con las piernas colgando por fuera, como en el columpio aquel.  Me descalza, para que no se me caigan los zapatos nuevos sobre el mar negro.  Tengo vértigo, le digo.  Me besa la cabeza y me empuja.  El mar se me echa encima.  El agua está helada.  Miro hacia arriba.  Para qué las piedras.  No sé nadar.

martes, 19 de julio de 2011

PAPELES

En todo este tiempo como náufrago, nunca he desaprovechado la ocasión de ahogarme ante el público.  En el momento preciso, decido que mi vida no vale nada y salto desde mi acantilado.  Me conmueven los gritos de los niños cuando me ven boquear desesperado, manoteando, mientras noto que me voy, que me revientan las venas de los ojos y me falla el impulso de lucha.
Mucho después, algún compañero saca mi cuerpo de la charca y me tiende en la orilla de arena artificial, hasta que me seco del todo y vuelvo a ser el náufrago desarrapado de siempre. 
Por algún capricho del guión, parece que hoy no me despierto.  Puede que al fin lo haya dado todo.