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martes, 10 de noviembre de 2015

LA FIESTA

Imagen de Maia Flore

Todos los años, mientras ella duerme, le preparamos una fiesta sorpresa.  Avisamos a todo el mundo, imprimimos invitaciones y personalizamos los sobres.  La vestimos con cuidado para la ocasión, le recogemos el pelo, le pintamos las uñas de un tono pálido.  Por si acaso.

Macarena y Manuel colocan la mesa en el centro y la dejan abierta por completo.  Apoyan los platos de la vajilla buena sobre el mantel verde y escriben los nombres de familiares y amigos en pequeñas tarjetas de color marfil, con trazos dorados y bordes envejecidos con tinta distress.

Las mayores dirigen el equipo y lanzan órdenes contradictorias que nosotros, entre risas, ignoramos según nos viene en gana. "Hinchad más globos, rápido", siempre Ana con su voz de niña madre.  "Quitad todo esto de en medio", contradice la Tata.  Y los niños hinchamos y explotamos sin ritmo fijo.  A veces, al pincharlos, los globos supuran de golpe y todo se llena de esa brillantina pegajosa que no se va soplando.  Hay que aspirar la casa de nuevo, pero los restos reaparecen cada cierto tiempo.

Además, los pequeños también solemos colocar los adornos que aún nos quedan de antes.  Aquellos que ella escogía y que todavía perduran arrumbados en el mismo cajón bajo su cama.  Sacamos las guirnaldas con estrellas blancas de madera que mamá colgaba en navidad, las calabazas con sus ojos y sus velas, el acebo seco, las tarjetas de colores con mensajes de cumpleaños, el árbol, las cajas de regalo vacías.

Y todos los años, todos desde que duerme, preparamos álbumes de fotos desplegables que cuelgan en tiras de cuerda desde el techo.  En algunas aparecemos todos con ella, riendo como locos.  En otras hemos crecido tanto que mi madre ya no aparece en la imagen, como si hubiera quedado en algún punto por debajo del enfoque, como si fuera posible que la vida estuviera encuadrada para que aparezcamos a solas, todavía riendo flojito pero algo más serios porque mamá flota dormida a baja altura.  Esas, las que se ha perdido, las ponemos en primera fila para aumentar la sorpresa.  Aún no las ha visto, pero a ver si esta vez va y se despierta.

sábado, 19 de enero de 2013

Náufragos


Yo creo que ya estamos muertos. Mi hermano no lo tiene claro, se observa los dedos arrugados y dibuja dragones marinos en la arena con los pies descalzos. Niega despacio, sin mirarme. Y mamá ya no llora ni nos abraza. A veces dirige la mirada hacia los niños pero parece estar viendo algo al otro lado de nuestros cuerpos, mucho más allá. 

La pequeña Sara desapareció anoche, los mayores aún no la han encontrado. Y hoy, por primera vez, han cazado algo para cenar. Mamá no lo prueba. Yo creo que estamos todos muertos.

sábado, 12 de enero de 2013

Burbujas

Imagen publicada por Anton Batov en Psykopaint
Me acerco al borde y el niño sumergido me mira desde el fondo, muy quieto.  Si se pone serio, con los ojos abiertos y fijos, no da tanto miedo, aunque no parpadee y tenga los labios de color morado.  Tiene una mata de pelo castaño que se mece ligeramente, en paz, como una población de algas finas y oscuras sobre un lecho de coral azul.  Debe de ser muy suave; por un momento casi me dan ganas de extender la mano y dejarme caer allá abajo, despacio.   

Cuando se ríe, la caravana de burbujas que salen de su boca rompe la superficie con fuerza y hace que el agua parezca hervir.  Se oye un revuelo de ecos en mi cabeza, un zumbido sordo y nítido, que me hace temblar.  Imagino que soy un calamar gigante sorprendido por la sirena de un submarino.  Su sonido me alcanza cargado de presión, de borboteos, de pequeñas explosiones que parecen sonarme por dentro y estremecen mis tentáculos, si los tuviera.  

Todo eso se oye cuando ríe. Todo menos su risa, la que sonaba cuando estaba vivo.  Y es entonces, al recordar que no es él, cuando empiezo a chillar como un loco y corro hasta la casa a esconderme bajo el hueco de la escalera.  Y mis gritos, por fin, acallan el ruido de la sirena, pero no me doy cuenta y mamá viene a regañarme por el escándalo.  Me mira, me toca la ropa y el pelo empapados y me abraza.  Y me recuerda que mi amigo ya no está, que ya no es.  Y me lleva hasta el borde aunque yo no quiero y allí no hay nadie. Y me promete al oído que este verano cercaremos la piscina con una valla muy alta, de madera blanca, para que no se caiga nadie y para que nunca, nunca, encuentre más niños muertos que se ríen en silencio desde el fondo.

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Feliz año nuevo :-)

miércoles, 22 de febrero de 2012

La espera





Mis hermanos y yo jugamos en el templo todos los días. Ellos, tan iguales que dan miedo, me siguen entre los bloques con un fervor incuestionable. Aunque a menudo me preguntan dónde están todos, otras veces sólo saltan desde los dinteles, silban con fuerza o embisten sin mirar en mitad de las tormentas. Los dejo hacer un rato, son tan pequeños que me pregunto por qué los escogieron, qué pudo haber ido mal. Por fin, les recuerdo a gritos que estamos allí para proteger los círculos, no para derribar las piedras. Siempre acabamos corriendo a empujones, desatando ese aburrimiento de siglos que se arrastra entre la hierba hasta que lo vemos huir. Después llega la fuerza, el viento sopla a través de nuestros dedos, y entre los labios, y llueve, empieza a llover a mares. 

Mis hermanos y yo jugamos siempre. Sólo yo parezco preocupado. A veces cuento las piedras exteriores o mido los pasos de la avenida, me siento en el punto más alto y escucho todas las voces, las de todos los tiempos. Trato de hacerlo bien y cuando llega el solsticio, me siento en el centro de cara al sol y espero por si vuelven a buscarnos, por si lo hemos conseguido, por si creen que ya merecemos descansar.


El otro día supe que Fernando Vicente (Depropio) tenía al menos un par de hermanos -no creo que sean gemelos-.  Por mi experiencia supongo que pelearían como todos los hermanos desde la Edad de Bronce y antes.  Felicidades Fer :-)

lunes, 13 de febrero de 2012

INVITADA en LA TABERNA DEL CALLAO

Hace algunas semanas recibí un correo de Javier Merchante del blog "La taberna del Callao" en el que me contaba que le gustaría realizar un montaje de audio sobre uno de mis microrrelatos.

Eligió Premeditación, realizó un montaje sonoro en la apertura que casi cuenta la historia (increíble), añadió una música preciosa y convenció a unas jovencísimas actrices para que grabaran en su estudio [bueno, ellas aún no saben si serán actrices pero han hecho un trabajo estupendo].

El resultado se puede escuchar aquí:

Espero que os guste tanto como a mí, :-)
¡Gracias Javier!

martes, 7 de febrero de 2012

Manifestaciones

Imagen tomada de la red
Los domingos por la mañana, como si nada hubiera cambiado, estallaba la guerra.
La nieve caía blandamente desde los almohadones de plumas sobre la cama de mamá y papá, mientras mi hermana y yo reíamos como locas.  
Algunas veces nuestros padres se asomaban a la habitación vacía y se ponían a recoger el estropicio antes de que hubiéramos terminado.  A nosotras nos gustaba contemplarlos en mitad de nuestra nevada, aunque odiábamos aquel silencio cauto.  Siempre entraban despacio, sujetaban los cojines con fuerza y los acercaban a sus mejillas pálidas, tan claras como nuestro frío.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Empapados (ReC)


Imagen tomada de Flickr

Empapados
Tú y yo podremos pasear juntos bajo ese cielo estrellado.  Podremos, por ejemplo, llegar de nuevo hasta el pozo, asomarnos al fondo y gritar sin sonido.
El río se llenará de niños, como siempre, y creo que nos sentaremos en la orilla a contemplar las ondas cuando se marchen.  Pero no, amor, ellos no podrán vernos más y mi ropa seguirá empapada, como tu pelo.

Otra de fantasmas para Relatos en Cadena, sin éxito, claro :-)

jueves, 8 de septiembre de 2011

De hermanos menores y niños muertos


El tontorrón de mi hermano Andrés golpea el borde del plato con su tenedor de plástico.  Intercala el repiqueteo sordo con chillidos de emoción y yo sigo haciendo muecas.  Mamá le acerca otra cucharada de puré mientras él se ríe de mis payasadas como loco.  Algo asombrada, ella se inclina en silencio y lo besa.  Lamento de nuevo las sombras oscuras bajo sus ojos.  

El niño grita “tato” y me separo de un salto.  Golpeo la jirafa naranja que está sobre la encimera y se cae, exactamente igual que antes, nunca la vi a tiempo.  Los tres nos quedamos muy quietos.  Hasta mi hermano parece sorprendido.  Mamá se gira hacia mí y recoge el peluche con cuidado.  Se lo lleva a la nariz, lo mantiene allí un instante y comienza a respirar a través del tejido con los ojos cerrados.  No quiero que llore, así que le saco la lengua a Andrés para que vuelva a reír con su cara de luna.  Mamá sigue sin verme.  

Para mi querida Rosa de Van al aire porque entiende como pocas madres a las madres de mis niños.  Muchos besos

miércoles, 31 de agosto de 2011

Tormenta


Fuente

Se intuye que una tormenta es la buena, la de verdad, cuando los cimientos de la casa gimen dentro de tu estómago, cada vez más prieto.  De todos modos, alguien tiene que retirar el toldo del cenador a pesar del temporal.  La escalera se tambalea y en cuanto toco la primera viga metálica salgo disparada.  Caigo de espaldas, con fuerza, pero no siento dolor.   Apenas noto el vuelco fugaz del pánico y la ceguera que deja el fogonazo, blanca y hueca.  

Me levanto con facilidad y compruebo que lo peor ha pasado.  Ya no llueve, el suelo está seco.  Puede que haya estado inconsciente un rato.  Entro en casa y llamo a los niños, pero no se oye nada.  Nada en absoluto. 

Si me concentro, aún puedo oírlos.  O me vuelvo deprisa y percibo sus sombras en el hueco de la escalera.  También los veo alguna noche, pocas, cuando duermen profundamente.  Siempre me sonríen aunque apenas me acerco.  Si cedo al impulso, si rozo sus mejillas con los labios, despiertan gritando y vuelvo a perderlos.

Aquí no hay nadie más, ya ni llueve ni anochece.  A veces, con una punzada similar a la culpa, deseo que todo estalle de nuevo y que a alguno de mis pequeños, sólo a uno, me lo devuelva otro rayo. 


Ya estamos aquí :-)

martes, 19 de julio de 2011

PAPELES

En todo este tiempo como náufrago, nunca he desaprovechado la ocasión de ahogarme ante el público.  En el momento preciso, decido que mi vida no vale nada y salto desde mi acantilado.  Me conmueven los gritos de los niños cuando me ven boquear desesperado, manoteando, mientras noto que me voy, que me revientan las venas de los ojos y me falla el impulso de lucha.
Mucho después, algún compañero saca mi cuerpo de la charca y me tiende en la orilla de arena artificial, hasta que me seco del todo y vuelvo a ser el náufrago desarrapado de siempre. 
Por algún capricho del guión, parece que hoy no me despierto.  Puede que al fin lo haya dado todo.

lunes, 6 de junio de 2011

Premeditación (Más RECiclaje)


Imagen

PREMEDITACIÓN
¿Puedo quedarme con sus juguetes? Mi hermana parpadea como un búho mientras trata de componer una expresión apenada.

“Los guardaré para siempre” añade bajito.  Le tiemblan un poco los dedos y casi la creo otra vez, como cuando tuve que saltar yo primero y ella comenzó a remar hacia la orilla.  Todavía estoy empapada.

Mamá asiente despacio y ella corre a mi cuarto.  En cuanto toca mis muñecas intento empujarla, pero ni siquiera nota mis manos.  Ya desde la puerta, vuelve la cara hacia mi cama y me regala una sonrisa radiante, como de última hora.  Idéntica a la de aquel día.

viernes, 1 de abril de 2011

Vértigo


Ilustración de Arthur Rackham

Nos sentamos en nuestro jardín, entre azaleas, en lo alto de la ciudad.  Mi hermano revuelve la tierra de las macetas y asoma un puñado por la barandilla de la terraza, como si fuera a dejarla llover sobre los transeúntes, a muchos pisos por debajo de sus manos.  Se levanta y se sienta varias veces en el borde, y sé que quiere oírlo.

- Inés, cuéntame un cuento.  Aquel que me gustaba, el de los gatos.

Sólo mi hermano me habla, así que yo le cuento y le cuento durante horas.  Había una vez un gato pequeño que se asomaba al vacío cada mañana.  Roberto palmotea y abre mucho los ojos.  Nicolás, quería probar la historia de las siete vidas, continúo.  El niño suspira. 

- Más deprisa, Inesita, anda.  Que no busque peces, que no juegue con los otros gatos, sólo que salte.  Que salte ya.

Tenía una vida estupenda, le digo.  Vivía en un ático enorme, con terraza y arenero.  Pero el gatito Nicolás quería volar.  Tú ya sabes que los gatos no vuelan, tesoro, pero en el fondo, eso da igual.  Tampoco los niños.

- Vamos que salte, va a venir mamá y me mandará bajar para la cena.

Una tarde de sol, probó a asomar una de las zarpas delanteras.  Se agazapó un poco y dejó que el viento soplara entre las uñas extendidas mientras pensaba que el salto, un salto valiente con voltereta, bien valdría una de sus vidas.  Mi hermano frunce el ceño, sabe que no voy a avanzar mucho más deprisa.  A mí lo que me sobra es tiempo. Trae la mano, Roberto.  Extiende el brazo inclinándote un poco más ¿Ves?  Sólo da miedo un momento.  Le guío hasta el borde mientras rozo su pelo con los labios.  Le echo de menos.

Oímos a mamá en la escalera.  Se asoma y llama a mi hermano.  No me ve, claro, sólo lo mira a él, y lo abraza muy seria.  Si sigues asustándome así, voy a tapiar esta puerta, le dice.  A mí nada, mira hacia afuera estremecida y lo empuja suavemente hacia la casa.  Él se vuelve una vez más y le sonrío.  Mañana te lo cuento otra vez, hasta el final.  Verás qué vértigo, le digo. Y mientras mi familia baja al comedor, yo me desvanezco de nuevo.  De un salto.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Médium


Imagen de Norberto Puzzolo

Descuido tus dedos un instante y ya corren libres por mi muslo.  Te dirijo una mirada de advertencia y carraspeo incómoda cuando la señora Barks me observa fijamente.
Me vas a hacer perder el empleo.  Me estremezco al notar tu aliento en mi nuca mientras busco el libro que me acaban de pedir, uno de esos que te enseñan a decir no.  Dudo que a la buena mujer le haga falta.  Yo necesitaría dos, no debí permitir que aparecieras por aquí.
No puedo ocultar la piel de gallina, pero se lo tiendo con educación. 
―Tienes mala cara, querida.  Parece que no duermes lo suficiente… o  quizá hayas cogido frío, las jóvenes de hoy os paseáis casi en cueros.
Dirige la vista a la minifalda de gasa negra y vaporosa que estreno para tu facilidad y nuestro deleite.  Mientras se lo envuelvo, sonrío a medias, pensando en el momento en que descubras que olvidé la ropa interior. 
Doy un respingo y jadeo una excusa.  Tus manos, como siempre, están heladas.