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miércoles, 30 de noviembre de 2011

Por su culpa

Imagen tomada de internet

Claro que no era perfecta, pero sí tan hermosa que las monjas contenían la respiración al pasar a su lado.  “Parece un ángel” y nos miraban al resto con cierto escrúpulo al ordenar la fila.

Llevaba los rizos de un amarillo inmóvil, perfecto, y zapatitos de lazo como recién pulidos.  Si nos colocábamos muy cerca podíamos ver el reflejo deforme de nuestras caras en el charol, nuestro rostro más negro.  Daba miedo, la verdad.

Aquellas uñas rosadas, increíbles, se nos clavaban en el antebrazo cuando nadie miraba.  La niña ángel sonreía serena desde el otro extremo del aula, fingiendo escribir.  Siempre ella.  Todas intuíamos que era culpa suya si se caía un tintero y castigaban a alguna sin comer.  También la mirábamos de reojo si llovía o el papá de Fulanita caía enfermo.  Por eso, por su culpa, todas la odiamos tan fuerte y tan claro que ninguna fingió apenarse cuando murió.  Y además, no era un ángel, nos decíamos.  Tendría que haber volado cuando la dejamos descalza y sola en el alféizar para probar.

jueves, 8 de septiembre de 2011

De hermanos menores y niños muertos


El tontorrón de mi hermano Andrés golpea el borde del plato con su tenedor de plástico.  Intercala el repiqueteo sordo con chillidos de emoción y yo sigo haciendo muecas.  Mamá le acerca otra cucharada de puré mientras él se ríe de mis payasadas como loco.  Algo asombrada, ella se inclina en silencio y lo besa.  Lamento de nuevo las sombras oscuras bajo sus ojos.  

El niño grita “tato” y me separo de un salto.  Golpeo la jirafa naranja que está sobre la encimera y se cae, exactamente igual que antes, nunca la vi a tiempo.  Los tres nos quedamos muy quietos.  Hasta mi hermano parece sorprendido.  Mamá se gira hacia mí y recoge el peluche con cuidado.  Se lo lleva a la nariz, lo mantiene allí un instante y comienza a respirar a través del tejido con los ojos cerrados.  No quiero que llore, así que le saco la lengua a Andrés para que vuelva a reír con su cara de luna.  Mamá sigue sin verme.  

Para mi querida Rosa de Van al aire porque entiende como pocas madres a las madres de mis niños.  Muchos besos

miércoles, 3 de agosto de 2011

Para qué las piedras



No me gustan los cruceros.  Antes nada era igual.  Recuerdo que papá me llevaba a hombros al parque.  Montaba en el columpio que subía más alto y él me empujaba con fuerza.  El aire se me echaba encima y reíamos a carcajadas.  Mamá nunca podía venir con nosotros porque él quería verla en casa a su vuelta.  Ella no se reía, y ya no están juntos.  Mi padre ahora sólo me tiene a mí, a veces, cuando tengo vacaciones.

El balanceo me revuelve el estómago.  Me duermo, me despierto, me duermo un poco más.  Papá mira muy serio a través del ojo de buey hacia la noche redonda.  Ha llenado mi mochila con algo que pesa bastante.  Parecen piedras.  Me la coloca a la espalda, y me ata el cierre de la cintura, con cuidado, sin pellizcarme ni nada.

Llego en sus brazos a la cubierta inferior.  Me sienta en la barandilla con las piernas colgando por fuera, como en el columpio aquel.  Me descalza, para que no se me caigan los zapatos nuevos sobre el mar negro.  Tengo vértigo, le digo.  Me besa la cabeza y me empuja.  El mar se me echa encima.  El agua está helada.  Miro hacia arriba.  Para qué las piedras.  No sé nadar.