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viernes, 31 de mayo de 2013

Aullidos

Imagen: Miwa Yanagi

Para aullar a la luna los niños tienen que saber de la noche. Saber. Es preciso, además, un instinto de supervivencia voraz, con dientes puntiagudos, muy blancos. Para aullar, para pasar a ser eso otro que gruñe y desuella, hacen falta garras. Pero deben ser garras con filo preciso, talladas a cuchillo por una mano adulta.

lunes, 19 de marzo de 2012

El otro futuro


Imagen tomada de la red, por Georgy Nuzhdin

Se despierta de golpe.  Está oscuro y aún queda mucho para que mamá venga a llamarlos. Estira la mano despacito y nota que su hermana está, como siempre, durmiendo a su lado.  Se levanta en silencio y asoma la cara entre las cortinas.  Los observa sin hacer ruido.  Elena se acerca a abrazarlo y lo guía de vuelta.

―Ya vale ―susurra― vuelve a la cama.

En realidad no hay nada nuevo que ver.  El parque está casi cubierto por cartones y la gente se amontona tratando de mantener el calor.  Algunos duermen, se remueven incómodos. Muchos lloran.  Las madres dejan que los niños apoyen la cabeza en su regazo.  Los sigue viendo un rato después de cerrar los ojos.

Se duerme.  Se despierta de golpe.  Sigue oscuro y tiene mucho frío.  Extiende la mano para buscar la de Elena pero roza el cartón y recuerda.  En su ventana, la de su habitación, tres caritas los miran en silencio.

Para Alonso, que me regaló la historia (entre  otras muchas) y me dio permiso para escribirla

martes, 19 de julio de 2011

PAPELES

En todo este tiempo como náufrago, nunca he desaprovechado la ocasión de ahogarme ante el público.  En el momento preciso, decido que mi vida no vale nada y salto desde mi acantilado.  Me conmueven los gritos de los niños cuando me ven boquear desesperado, manoteando, mientras noto que me voy, que me revientan las venas de los ojos y me falla el impulso de lucha.
Mucho después, algún compañero saca mi cuerpo de la charca y me tiende en la orilla de arena artificial, hasta que me seco del todo y vuelvo a ser el náufrago desarrapado de siempre. 
Por algún capricho del guión, parece que hoy no me despierto.  Puede que al fin lo haya dado todo.

jueves, 26 de mayo de 2011

Porque lo digo yo



PORQUE LO DIGO YO

El sol se filtra por la persiana, que ya no cierra bien, y en mayo nos sobra el despertador.  Llamo a los niños despacio, pensando que debería meterme un ratito a la cama con ellos para absorber esos restos tibios de sueño.  Gana la madre práctica y pienso que –por una vez– vamos a desayunar en condiciones.
―¿Qué queréis tomar? Hoy que nos da tiempo, os hago un zumito, unas tostadas y la leche con Colacao ¿vale? ―pregunto, forzando un poco el entusiasmo para que digan que sí.
―¿Que qué quiero? Yo quiero natillas y gelatina de fresa ―mi hijo mayor me mira fijamente, sabe que me ha pillado.
―Y yo un zumo y las patatas fritas que traje del cumple ―apunta la pequeña pensando, ella sí, que se puede elegir.
―No se pueden comer chuches para desayunar.
―Las natillas son un postre, pero no son chuches ―él aún no ha retirado la mirada, frunce el ceño porque sabe que tiene razón, pero también sabe que desayunará un zumito, unas tostadas y la leche con Colacao. 
Sin decir una palabra más les sirvo lo que yo había decidido y empiezan el zumo con mala cara.
―Mamá, lo que no entiendo es por qué tengo que responder cuando preguntas.  ¿Por qué hoy que podíamos elegir tenemos que comernos esto?
Suspiro incómoda, pero ahora ya se está haciendo tarde y recurro a lo que me resulta más cómodo, al democrático “porque lo digo yo”.