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Se intuye que una tormenta es la
buena, la de verdad, cuando los cimientos de la casa gimen dentro de tu
estómago, cada vez más prieto. De todos
modos, alguien tiene que retirar el toldo del cenador a pesar del temporal. La escalera se tambalea y en cuanto toco la
primera viga metálica salgo disparada. Caigo
de espaldas, con fuerza, pero no siento dolor.
Apenas noto el vuelco fugaz del pánico
y la ceguera que deja el fogonazo, blanca y hueca.
Me levanto con facilidad y
compruebo que lo peor ha pasado. Ya no
llueve, el suelo está seco. Puede que haya
estado inconsciente un rato. Entro en
casa y llamo a los niños, pero no se oye nada.
Nada en absoluto.
Si me concentro, aún puedo oírlos. O me vuelvo deprisa y percibo sus sombras en el
hueco de la escalera. También los veo alguna
noche, pocas, cuando duermen profundamente. Siempre me sonríen aunque apenas me acerco. Si cedo al impulso, si rozo sus mejillas con
los labios, despiertan gritando y vuelvo a perderlos.
Aquí no hay nadie más, ya ni llueve ni anochece. A veces, con una punzada similar a la culpa, deseo que todo estalle de nuevo y que a alguno de mis pequeños, sólo a uno, me lo devuelva otro rayo.
Ya estamos aquí :-)