miércoles, 26 de octubre de 2011

Más ReC


La señal
No pudo evitar mirar de reojo la puerta del apartamento.  En una esquina había una marca rosada en forma de cometa, de diseño idéntico al tatuado en el rostro de las víctimas.
El comandante no le permitía vigilar a su vecina en horas de servicio, pero apenas dejó de pensar en todas ellas, tan apacibles, tan similares.  Las habían encontrado en sus camas, deslumbrantes, con el cabello colocado como una estela astral sobre la almohada y las cabezas separadas de los cuerpos desnudos.
Cuando acabó su turno subió la escalera a saltos, temblando. “¡Eva!” llamó. La empuñadura del cuchillo le parecía más fría esa noche.




Premeditación
No pudo evitar mirar de reojo la puerta del apartamento mientras se quitaba la camisa blanca y el sujetador frente a la casa de Don Alfredo.  Se colocaba el top plateado sin prisa, disfrutando del tejido.  Los pezones se apreciaban como si fuera desnuda, así que ella subía los brazos y se arreglaba la coleta durante dos largos minutos.   Si tenía suerte, puede que él le fuera con el cuento a mamá.  Y ella, quién sabe, quizá la mirara dos veces por haber escandalizado al bueno del párroco.
Al otro lado de la mirilla Don Alfredo dejaba caer el pantalón hasta los tobillos.

martes, 25 de octubre de 2011

Sorpresas

Ayer recibí una sorpresa con mayúsculas.  
A través de Pablo González (¡gracias!) supe que un escritor argentino nos había mencionado en una conversación con una editora en Buenos Aires.  
José María Gatti escribe en la revista virtual de arte y literatura "Evaristo Cultural", y se tomó la molestia de buscar algunos microrrelatos y datos biográficos de los nombres que  habían mencionado.  A mí me han vuelto a publicar Muerto, que casualmente es uno de los micros que más me gusta.
Estoy emocionadísima, la verdad :-)

Este es el link: 

Aparte de Pablo, también me acompaña Miguel Ángel Molina (y otros dos autores que no conocía hasta hoy).  Entre amigos, mejor que mejor ;-)


viernes, 21 de octubre de 2011

Rutinas nocturnas (Para Rosana Alonso)


Rutinas nocturnas

Me asomo al dormitorio para ver si se han acostado ya.  Las oigo hablar y me quedo un poquito así, mirándolas.  La pequeña aún está sentada sobre la cama sin deshacer y parlotea gesticulando como loca.  Su hermana la escucha sin decir nada.  Bosteza, parece aburrida.

Siento un picor en la mitad del pecho al pensar que están creciendo muy deprisa y que siguen siendo tan bonitas como el primer día.  De pronto, se echan a reír sin motivo y miro el reloj.

―Quiero que apaguéis la luz ahora mismo.

Las dos se sobresaltan y miran en mi dirección con la cara muy pálida y sus ojitos de cristal azul de par en par.  Desenchufo la casita y quedan a oscuras.  Las oigo susurrar un poco más.  Me dan un poco de pena, pero saben que deben estar dormidas sin falta antes de que mamá venga a apagarme la luz a mí.

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Para mi querida Rose (Rosana Alonso) que ofrendaría su reino por explorar otros mundos diminutos, y que siempre lo consigue, así sin más.  Feliz cumpleaños :-)

miércoles, 19 de octubre de 2011

Las otras vidas



Solíamos regalarnos niños muertos para medir nuestra buena suerte. A nosotros no iba a ocurrirnos.  Lucía buscaba noticias en periódicos olvidados y me escondía los recortes entre las sábanas para que los encontrara al despertar. 

Yo fotografiaba lápidas que mostraban algún ángel minúsculo en la cabecera.  Ponía especial cuidado en enfocar las fechas que indicaban la edad del pequeño y dejaba que el resto quedara envuelto en un fundido suave. 

A veces, no muchas, coincidíamos al elegir.  Nos deteníamos a la vez en la misma historia y, fruto de la casualidad, como tantas parejas, nos convertíamos en padres, por fin.  Dedicábamos un tiempo a recrearnos en la que hubiera sido su vida.  Comprábamos biberones, sacábamos la cuna antigua del desván, nos sobresaltábamos con los lloros nocturnos.  Celebrábamos, como todos, la primera sonrisa o el primer diente.  Y en esos momentos extraños de lucidez fingíamos que nuestro pequeño dormía la siesta, para no acercarnos a comprobar si respiraba.

La noticia llegó una tarde, mientras preparaba la merienda de Rubén, uno de los que aún no había cumplido en nuestra casa lo que le quedaba de vida.  Lucía llegó muy seria con un bastoncito de plástico en la mano.  Me mostró las dos líneas del positivo mientras vaciaba el tarro de frutas en la fregadera.  La miré a los ojos.

―Tú lo quieres tener―. La acusé, sobrecogido.

Yo no pensaba arriesgarme a necesitar inventarle una vida después de perderlo.


(Para Fernando Vicente -otra vez- que me regaló el principio)